La apicultura es el arte de entender la naturaleza,
por un lado están las plantas y el clima, y por otro los insectos. La miel es el
resultado de esta combinación.
En el País Vasco, donde yo estoy, la actividad apícola es
complicada, porque la orografía es demasiado agreste y el clima demasiado húmedo para un
insecto solar como es la abeja. Sin embargo esto hace que sea muy interesante porque el
apicultor tiene que ser muy observador y muy técnico.
Manejo aproximadamente 500 colmenas y mi sistema de trabajo es
sencillo. Muevo todas las colmenas una vez al año para aprovechar diferentes floraciones
siguiendo un ciclo natural que va desde los cálidos valles costeros donde las colmenas
pasan el invierno para subir más tarde a los brezales de montaña.
El trabajo es duro pero el resultado, las mieles, son de elevada
calidad.
La miel de la costa es líquida casi translúcida y la miel de
montaña es oscura, rojiza y espesa. Se elaboran siempre en frío como lo hacen las
propias abejas, todas son muy aromáticas y nutritivas, y además están sujetas al
control del Label Vasco de Calidad.
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